viernes, 29 de enero de 2010

EL AMANTE

 
Déjame salir
Sabía que pronunciaba las palabras en su mente pero que ninguna parte de su cuerpo respondía a la petición de auxilio.

Déjame, por favor
Tenía frío. Había humedad y estaba tan oscuro que la sensación era la de estar enterrada viva, quizás en un ataúd, quizás sobre tierra mojada... No podía percibir sobre qué estaba tumbada, sólo esa humedad...

Dime dónde estoy
No había repuesta. Podría estar realmente en un ataud, o en un pozo, o en un sótano... Pensar en ello le producía escalofríos y eso unido a su propia sensación de abatimiento, dolor y destemplanza le hacía creer que por su propio pie sería incapaz de salir del lugar donde estuviera encerrada.

Tengo miedo
Y lo tenía, un miedo profundo, en absoluto irracional. Un miedo lógico. ¿Qué hace una persona en esas circunstancias? No había luz, su cuerpo no respondía, sentía una presión en el cuerpo, más concretamente en el pecho y aunque sabía que no tenía tapada la boca ni atada las manos no encontraba la forma de darles movimiento.

Un flash de luz roja, ardiente, estalló frente a ella y tuvo la impresión de reconocer el lugar donde se encontraba. Milésimas de segundo le habían dado la pista, era su habitación. Yacía en su propia cama. Sin embargo no era posible. El olor acre no podía pertenecer a su hogar, la humedad de su cama no tenía sentido, y esa inmovilidad en su propia habitación era absurda. Si nadie le había secuestrado y no estaba atada ¿por qué no tenía poder sobre su cuerpo? ¿La habían drogado? Había oído muchas veces que existía una droga capaz de inmovilizar a una persona y hacerle parecer muerta. ¿Le habían hecho eso???? ¡No! ¡No, ella podía mover los párpados!.

La luz roja, además, le proporcionó una fuerte sacudida de calor. Su cuerpo pasó de la baja temperatura a la que estaba hacía unos minutos a un fuerte dolor producido por quemaduras en la piel. ¿Estaba desnuda? Aquello le horrorizó aún más.
Abrió y cerró los ojos repetidas veces de nuevo en la oscuridad y notó las lágrimas que recorrían sus mejillas para deslizarse hasta sus orejas.

Quiero irme
El dolor de las quemaduras le provocaron una mayor ansiedad. Si te quemas usas agua o alguna crema para evitar las molestias. Ella no podía hacerlo. Algo invisible la mantenía inerme e inmóvil.

Otro fogonazo. Rojo y amarillo. Calor. Quemaduras. Dolor lacerante.
Dios mío...

Se hubiera contraído en posición fetal si hubiera podido. El dolor le estaba llevando al desmayo y sólo una imagen fugaz que consiguió visualizar durante el nuevo fogonazo evitó que cayera en la inconsciencia.

Era un rostro animal, defectuoso, con una boca enorme de dientes maltrechos y oscuros, ojos negros y rojos, pelo en vez de piel (no es un perro, se aseguró) y garras en vez de manos.
Deja que me vaya –rogaba mentalmente.

Esta vez el fogonazo fue distintinto. No fue luz, fue dolor. Un dolor lacerante que estalló en su cerebro. Algo le decía que la sensación real había estado en su sexo, pero al estar casi muscularmente anestesiada el estallido de dolor lo había sentido únicamente en su cerebro aunque había notado el movimiento brusco que abriera sus piernas. Creyó ver estrellas donde no las había.
Notó arremetidas contra ella y supo que esta vez se estaba moviendo, rítmicamente, contra el cabezal, abajo, contra el cabezal, abajo, contra el cabezal....
Me están violando
Lloraba.

Su amante era violento y cada vez que le tocaba le producía una quemadura brutal, pero la chica ya no era capaz de pensar en ello. Se debatía entre la consciencia y la inconsciencia. Aguantaba porque quería saber qué o quién estaba haciendo eso con ella, pero ya no sabía si era capaz de percibir todas las sensaciones que aquella violación infernal le estaban produciendo realmente.
¿Estoy muerta?

Un gruñido masculino y animal le hizo abrir los ojos como platos. Casi se había dejado llevar por el cansancio y el dolor. No podía quejarse, no podía hablar, pero sí podía abrir los ojos.
Sus párpados se alzaron dando lugar a la imagen más monstruosa e infernal que la imaginación humana podía generar. Ante la visión nítida de su amante, ella se desmayó finalmente.

Despertó por la mañana. Las sábanas estaban ya secas pero había un círculo de la humedad que la noche anterior le provocó tanto frío. Se acercó a ella y olió a orina.
¿Qué recordaba de la noche anterior?
Había salido, había conocido a un chico guapísimo, tanto que parecía irreal, de piel oscura, rasgos finos, pelo negro y ojos oscuros. Atlético y extremadamente atrayente la había acompañado a su casa y mientras llegaban a a su habitación él le había dicho lo mucho que le gustaban los niños. Tras dejarla en la habitación para que se pusiera cómoda él había dicho que iba a cambiarse de ropa.
Se había quitado el disfraz de hombre.
Pero eso ella no lo sabía.
Porque la chica desconocía quién era su galán seductor.
Había venido del infierno.
Era un íncubo.
Ahora sólo quedaba esperar la gestación.

INCUBO: 1 adj.-s. Demonio que, según la opinión vulgar, tiene trato pecaminoso con una mujer, bajo la apariencia de hombre